Y esta concentración de poder, además, depende de toda una estructura detrás. Ahí me parece importante retomar a Hannah Arendt con la banalidad del mal, porque sin la funcionalidad burocrática, sin todo este aparato de gente detrás que ejecuta esa cadena de ejecutores, quedan desresponsabilizados de todo lo que estos líderes provocan o generan, al validar un sistema y tener una serie de funcionarios serviles que no se detienen a pensar o tomar conciencia.
Esto adquiere mayor sentido a partir de la idea de los significantes flotantes de Laclau, de quien ya hablamos en la anterior sesión. Él plantea que el líder populista es un articulador discursivo que convence, porque construye deliberadamente una cadena de equivalencias entre una serie de demandas heterogéneas, pero con su figura central, capaz de condensar el significante vacío que unifica esa noción de pueblo, esa noción de América, esa noción del conjunto de personas que se sienten amenazadas frente a otro discurso, frente a otra verdad. Entonces, estamos hablando de un trabajo político sofisticado, no de un delirio. Es un sistema que calcula el costo de las vidas que sacrifica y las acepta como un precio válido para otro objetivo.
Entonces, patologizar esto es una forma de no tomar en serio la amenaza que representa, porque si están locos no hay un sistema que defender. Tenemos que ver que existe una estructura y que, además, es sumamente peligrosa, porque vuelve a determinar un orden global y, en ese orden, hay una gestión biopolítica de las personas. Se decide quién tiene derecho a vivir, se decide que ciertas vidas valen más que otras, como dice Agamben. Justamente, esta construcción discursiva, en primer lugar, construye un enemigo, un enemigo deshumanizado que es patologizado por este discurso. Ahí es importante recuperar a Agamben en su interpretación de la vida, la vida nuda o la vida que vale la pena vivir, la vida del ciudadano o la vida que se reduce a animal. Vemos cómo sistemáticamente estas ultraderechas, estos liderazgos, construyen un enemigo. Este enemigo representa una amenaza para un grupo de gente que se siente vulnerable, que percibe que el orden vigente, el poder o los privilegios que tienen pueden perderse, y los aglutinan en un solo bloque. Entonces, esto provoca que las emociones se impongan sobre la razón y se conviertan en catalizadores, en agentes de materialización de discursos de odio, de discursos vacíos contra un enemigo que gradualmente comienza a resignificarse y a adquirir estatus de verdad. ¿Cómo adquiere ese estatus? A partir de estos significantes flotantes, pero también de la noción de pánico y de la necesidad de un estado de excepción, de una crisis que produce esta vida nuda, este enemigo redefinido como animal, la suspensión del derecho ordinario, la administración de una biopolítica sobre los cuerpos y la espectacularización de esa excepción.
Y así se ve cómo Trump puede burlarse y decir que era más divertido hundir un buque militar iraní que no estaba en guerra, que transportaba soldados que no estaban en combate, o hablar del envenenamiento de la nación; cómo Netanyahu hace lo propio y construye un monstruo del otro lado; lo mismo Bukele, que habla de parásitos; o Milei, que habla del cáncer de la sociedad, y cómo eso justifica la eliminación de derechos básicos de una población. Entonces, hay que tener en cuenta que la verdad es lo que la sociedad produce, regula y hace circular a través de las instituciones, los procedimientos y las normas. Esto ocurre desde siempre: cada sociedad tiene su política de verdad. Estos liderazgos no solo mienten en sentido ordinario, sino que producen un régimen a partir de nuevas verdades y de criterios de validación que ellos mismos crean. Se genera así la sensación de un sentido común, empiezan a citar a sus propios expertos, plantean sus propias evidencias, de modo que el terreno político deja de ser un agonismo para convertirse en un antagonismo. Como planteaba Chantal Mouffe, la política y la democracia solo son posibles cuando hay un adversario a quien se respeta. Si se rompe con esa lógica, se convierte al otro en enemigo, y al enemigo se lo puede eliminar; en ese punto, el camino de validación pasa por la eliminación del otro.
Continúa escuchando la conversa con Carol…
