Yo creo que en las iglesias han convivido, y conviven hasta el día de hoy, distintas perspectivas. En las iglesias siempre han convivido tradiciones progresistas, incluso en el mundo evangélico. Ahora bien, en las iglesias, y en particular en el mundo evangélico, especialmente en el mundo evangélico estadounidense, se ha ido forjando una idea de dominio, que es una idea muy patriarcal, porque las iglesias evangélicas siempre están animadas por la verticalidad del cabeza; es decir, los varones como cabeza y las mujeres como iglesia.
Se ha ido forjando y expandiendo lo que en los años ochenta era la idea de la Mayoría Moral, y estos sectores han ido ganando fuerza como parte de un proyecto organizado. No es un proyecto aleatorio o coyuntural, sino que el proyecto que hoy se ve encabezado por Donald Trump y su alianza con las iglesias evangélicas, siendo él un hombre poco creyente, poco moral y un capitalista no particularmente animado por ideas religiosas, o el propio Bolsonaro, también un hombre no particularmente religioso, o Nayib Bukele, muestra que ha habido una conjugación muy provechosa para la ultraderecha entre los sectores más conservadores de las iglesias, no solo la evangélica, sino también la católica.
De hecho, la ideología de género, como retórica y como movimiento transnacional, fue una invención del propio Ratzinger, como una forma de disputar a los feminismos la idea de igualdad. Él dijo: «Sí, igualdad en dignidad, pero diferentes en atributos, disposiciones e inclinaciones». Entonces, tanto la Iglesia católica como las iglesias evangélicas han mantenido una fuerte alianza, en sus sectores más conservadores, con estas fuerzas de ultraderecha como parte de un proyecto global. No se trata, como digo, de algo casual, sino de un proyecto que se ha ido tejiendo y que necesitaba argumentos no solo de corte económico, no solo una especie de moral capitalista, sino también una moral que concerniera a la familia y al padre de familia; una articulación entre neoliberalismo y neoconservadurismo.
Las iglesias han tenido un papel muy importante a la hora de divulgar estos temores porque, al final, han funcionado como altavoz de temores orquestados a nivel transnacional, como el de la llamada ideología de género. Es decir, la ideología de género entendida como un invento que venía a destruir las familias, que venía a amenazar la pureza de la infancia y que venía a producir toda una serie de distorsiones en el sistema público de educación, como la educación sexual.
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