Introducción
El presente texto es un esfuerzo síntesis de integrantes del equipo de Planeta Paz[1] por presentar lo que ha sido, lo que es y lo que sigue orientando el camino metodológico, político y formativo de la “sistematización de prácticas y experiencias”[2]. En este andar son múltiples los sentidos que toma la sistematización: como forma de investigación social crítica, como estrategia de formación al interior de las organizaciones sociales y populares, y como una manera de comunicar lo que se construye desde las educaciones populares.
La experiencia de Planeta Paz en este camino no responde a una única ruta. Se ha construido en el diálogo con organizaciones, territorios y procesos diversos. Es una búsqueda permanente por comprender cómo se producen los saberes en la vida cotidiana de las comunidades y sus procesos organizativos, y cómo estos saberes permiten sostener la vida y transformar la realidad.
En este sentido, la sistematización no tiene un punto de llegada, es un camino que se recorre colectivamente, que se transforma con la práctica y que se alimenta de la memoria, de las preguntas y de los aprendizajes que emergen en el proceso.
A continuación, presentamos un recuento de momentos encontrados en el ejercicio de sistematizar.
Momento 1: Sistematizar para reconocer lo que somos
La sistematización es, en primer lugar, una invitación a detenernos en medio de la inmediatez del mundo actual. Sistematizar implica hacer una pausa para mirar hacia adentro. Es preguntarnos qué hacemos, cómo lo hacemos y por qué lo hacemos.
Cuando hablamos de lo popular, también hablamos de la vida de las organizaciones, de sus trayectorias, sus luchas, sus resistencias y de sus formas de sostener la vida en contextos complejos. En las prácticas que dan vida a estas trayectorias se ha construido un acumulado de saberes que, muchas veces, no se reconoce como conocimiento en el sentido eurocéntrico, pero que orienta decisiones, fortalece procesos y permite proyectar caminos.
Sistematizar es reconocer ese acumulado, es dar valor a lo que se ha construido en la práctica. Se trata de comprender el sentido de lo que se hace, no solo de ordenar información. Es un ejercicio que permite a las organizaciones verse a sí mismas, reconocerse como sujetas de conocimiento, y fortalecer su identidad colectiva desde sus acumulados y sabidurías.
En este proceso, la sistematización también abre preguntas. No entrega respuestas cerradas, sino que invita a reflexionar de manera permanente. Por eso, es método y práctica a la vez, se aprende haciendo.
Momento 2: La producción de saberes desde lo popular
Uno de los aportes centrales de la sistematización es poner en el centro la producción de saberes desde las organizaciones y los movimientos sociales. Durante mucho tiempo, el conocimiento ha sido entendido como algo que se produce en espacios académicos o institucionales. Sin embargo, las organizaciones también producen saberes y conocimientos en su vida cotidiana, organizativa, relacional.
Este conocimiento nace de la práctica, de la experiencia, de la relación con el territorio y de la reflexión colectiva. No es un conocimiento menor. Por el contrario, es fundamental para comprender las realidades sociales y para construir alternativas.
La experiencia de Planeta Paz ha permitido evidenciar que estos saberes tienen una enorme riqueza. No solo explican lo que ocurre en los territorios, sino que ofrecen caminos para la transformación.
En este escenario, la sistematización permite poner en diálogo los saberes populares con los saberes académicos. Siguiendo la perspectiva de Fals Borda, este diálogo no es jerárquico, sino horizontal. Se trata de reconocer que existen múltiples formas de conocer y que todas pueden aportar a la comprensión del mundo.
La sistematización, entonces, no solo recupera saberes y conocimientos, sino que los pone en relación. Permite contrastar, complementar y enriquecer distintas formas de saberes y conocimientos, construyendo puentes que amplían la mirada sobre la realidad.
Momento 3: La práctica, la memoria y las re-existencias
La práctica es el lugar donde la vida ocurre y donde los conocimientos y saberes toman forma. No es solo lo que se hace, sino el conjunto de sentidos, decisiones y aprendizajes que se construyen en el hacer cotidiano. En las prácticas de las organizaciones sociales y populares se encuentra una riqueza profunda de saberes que han sido tejidos en el tiempo, muchas veces en condiciones adversas. La sistematización permite acercarse a ese tejido, comprenderlo en los sentidos de las organizaciones y procesos sociales, y darle un lugar en la producción de conocimiento.
Cuando se habla de memoria en la sistematización, no se trata solo de recordar hechos pasados. Se trata de reconstruir los caminos recorridos para entender cómo se han sostenido las organizaciones y cómo han logrado proyectarse hacia el futuro. En ese recorrido aparecen con fuerza las resistencias y las re-existencias.
Las organizaciones sociales y populares, con largas trayectorias, han sostenido prácticas de resistencia como la defensa del territorio, la movilización social, el litigio y la exigibilidad de derechos. Estas prácticas han sido fundamentales para enfrentar las múltiples formas de exclusión, despojo y violencia. Y, junto a ellas, también han construido prácticas de re-existencia, que no solo responden a la adversidad, sino que proponen otras formas de vida. Resistencia con propuestas.
Las re-existencias se expresan en acciones y agendas que van desde el cuidado, las economías populares para la vida, las prácticas agroecológicas, las reflexiones sobre la educación propia hasta experiencias de comunicación comunitaria. Estas prácticas permiten no sólo resistir, sino reorganizar la vida, reconstruir vínculos, incidir desde varios lugares, tejer en red, abrir futuros posibles.
En este sentido, la sistematización busca fortalecer a las organizaciones al reconocer y resignificar estas prácticas. Permite ver que en ellas no solo hay acción, sino pensamientos, conocimientos, saberes, y propuestas políticas. Al mismo tiempo, la sistematización abre la posibilidad de tender puentes con la academia, no desde una relación jerárquica, sino desde un diálogo donde los saberes populares tienen un lugar central.
Este diálogo implica reconocer que las memorias de las organizaciones no son solo relatos, sino interpretaciones del mundo. Son formas de entender la democracia, la justicia y la paz desde las prácticas y experiencias concretas. Por eso, sistematizar es también aportar a la construcción de una sociedad más justa, donde los conocimientos que nacen en los territorios tengan reconocimiento.
Momento 4: Los saberes que habitan en la vida cotidiana
Las organizaciones de mujeres y diversidades, campesinas, indígenas, afrodescendientes, de jóvenes, así como los procesos impulsados por maestras y maestros, han construido a lo largo del tiempo una gran diversidad de saberes. Estos saberes no siempre han sido reconocidos como conocimiento, pero están presentes en la vida cotidiana, en las formas de habitar el territorio y en las maneras de relacionarse con otros y con la naturaleza.
En la vida diaria, en el cuidado de la familia y de la comunidad, en la producción de alimentos, en la relación con la tierra, en las prácticas pedagógicas y en los procesos organizativos, se construyen conocimientos profundos. Son saberes que nacen de la práctica, de la experiencia, del hacer constante y de la reflexión sobre ese hacer.
Por ejemplo, en las prácticas agroecológicas no tratan solo de cultivar alimentos. También se cultivan conocimiento sobre la tierra, el agua, las semillas, los ciclos de la naturaleza no humana, la vida de las comunidades humanas y sus proyecciones, porque la agroecología es un proyecto de vida sustentable. En las experiencias de cuidados se construyen saberes sobre la vida, la salud y las interacciones socioecológicas. En los procesos educativos se generan formas propias de enseñar y aprender que responden a los contextos y a las culturas de los territorios[3].
Estos saberes no son estáticos. Se transforman, se adaptan y se recrean. Se transmiten de generación en generación, pero también se reinventan frente a los nuevos desafíos. En este proceso, las organizaciones construyen un acumulado que les permite sostenerse y proyectarse.
La sistematización permite hacer visible ese acumulado. Permite reconocer que en la vida cotidiana se producen conocimientos valiosos. Al sistematizar, las organizaciones pueden comprender mejor sus prácticas, fortalecerlas y compartirlas con otros.
De esta manera, la sistematización contribuye a dignificar los saberes populares y a posicionarlos como parte fundamental de la construcción de alternativas, de proyectos políticos en clave popular.
Momento 5: Un giro en la forma de entender el territorio – el mundo
En los últimos años, se ha hecho evidente el reconocimiento que las educaciones populares no son, están siendo, así como la necesidad de transformar la manera en que entendemos la vida y los conocimientos. Hemos pasado de una mirada centrada únicamente en el ser humano hacia una comprensión que reconoce que somos parte de la naturaleza. Así como la naturaleza tiene límites, nosotros también los tenemos: somos seres finitos. Este paso del antropocentrismo al biocentrismo implica un cambio profundo en la forma de pensar y de actuar, que nos lleva a reconocernos como seres ecodependientes.
Reconocernos como naturaleza implica también reconocer las sabidurías, las presencias y las relaciones que hacen posible la trama de la vida. Esto nos invita a comprendernos “como uno con la naturaleza”, en vínculo con la tierra, el agua, las semillas y los ecosistemas. En esta perspectiva, el cuidado deja de ser una acción individual o restringida al ámbito doméstico y se amplía como una práctica colectiva, política y ética que pone la vida en el centro. No se trata únicamente de cuidar a las personas, sino de cuidar las relaciones que sostienen la vida, incluyendo aquellas que históricamente han sido invisibilizadas, como el cuidado de la tierra, de los bienes comunes y de los vínculos comunitarios.
Desde esta mirada, el cuidado se reconoce en plural: son los cuidados. Esto implica entender que existen múltiples formas de cuidar, atravesadas por el género, el territorio, la cultura y las condiciones sociales. En las prácticas acompañadas por Planeta Paz, esta noción se amplía hacia la corresponsabilidad entre comunidad, Estado y sociedad, así como hacia la necesidad de redistribuir las cargas históricas del cuidado, especialmente aquellas que han recaído en las mujeres. De este modo, el cuidado deja de ser una tarea invisible y se posiciona como un eje central para la sustentabilidad de la vida y para la transformación de las relaciones sociales.
Este giro también implica un cambio en las metodologías. Ya no es suficiente explicar desde una lógica racional clásica. Es necesario aprender a escuchar de otras maneras: desde la experiencia, desde el cuerpo, desde las emociones y desde la relación con el territorio. Escuchar lo que dicen las personas, pero también lo que expresan los ecosistemas y los ciclos de la vida.
Reconocer la centralidad de los cuidados nos invita, entonces, a reconstruir las formas en que organizamos la vida colectiva. Nos convoca a transitar de relaciones de dominación hacia relaciones de interdependencia, donde el cuidado se convierte en el centro para la construcción de la democracia, la paz y la posibilidad de sostener y defender la vida en los territorios.
Momento 6: Otras formas de comprender y caminar
Este cambio de mirada también transforma la manera en que entendemos el tiempo y los procesos. Las sabidurías originarias nos enseñan que el tiempo no es lineal. No se trata solo de avanzar hacia adelante, sino de volver sobre lo vivido para aprender de ello. En palabras del mayor Nelson del Resguardo Emberá, La Montaña de Riosucio, Caldas: “adelante es atrás”. Es decir, que el futuro se construye a partir de la memoria. Este enfoque nos lleva a pensar en procesos en espiral, donde se va y se vuelve, donde cada vuelta permite profundizar la comprensión.
En este camino emergen conceptos que nacen de los territorios y de las prácticas, como el buen vivir, los cuidados, los ríos voladores o el ser del sur, y muchos otros. Estos conceptos no son solo ideas, son formas de explicar el mundo desde otras perspectivas.
La sistematización permite recoger estas formas de comprensión y darles un lugar en la producción de conocimiento construyendo desde las cosmogonías, ampliando así las posibilidades de entender y transformar la realidad, la comprensión de ellas.
Momento 7: La transformación ya está en marcha
Una de las principales enseñanzas de este proceso es que la transformación no es algo lejano o futuro. La transformación ya está ocurriendo en la vida cotidiana. Está en las prácticas, en las relaciones y en las decisiones que toman las organizaciones.
La sistematización permite reconocer esa transformación. Permite verla, nombrarla y fortalecerla. Nos muestra que no partimos de cero, que ya existen caminos construidos y que estos pueden ser ampliados y compartidos, de ahí la centralidad de las memorias desde sus luchas.
En este sentido, sistematizar es también un acto de esperanza que contribuye a abrir caminos hacia transiciones ecológicas justas, donde la vida en el planeta esté en el centro de la conversación. Es reconocer que, incluso en medio de las dificultades, las organizaciones siguen creando alternativas.
Momento 8: Nuevos desafíos para la sistematización y la producción de saber
Todo lo anterior plantea nuevos retos para la sistematización. Las prácticas, los contextos y las formas de comunicar y conocer cambian.
Por eso, la sistematización no es una herramienta rígida. Se transforma junto con las prácticas. Esto ha sido rediseñar metodologías, crear nuevas herramientas y abrirse a otras formas de comprensión.
La sistematización sigue siendo un proceso abierto, que se construye en el camino. Es una apuesta viva por reconocer los saberes comunitarios, por fortalecer las organizaciones y por aportar a la transformación de la vida.
Es un método, es una forma de caminar.
Una forma de pensar desde la práctica.
Y una forma de construir futuro desde lo que ya somos y hacemos.
Momento 9: El territorio como construcción viva desde la sistematización
En el camino de la sistematización, el territorio deja de ser entendido como un simple espacio físico. Poco a poco, a partir de las prácticas, las memorias y los relatos de las organizaciones, el territorio se revela como una construcción viva, compleja y en permanente transformación.
La sistematización permite comprender que el territorio no es algo externo a las personas. No es un lugar que se habita desde fuera, sino una relación que se construye día a día. En él se entrelazan la vida, la humana y los ecosistemas, las historias individuales y colectivas, los saberes, las prácticas y las formas de organización.
En este proceso, el territorio aparece como el resultado de múltiples relaciones: con la tierra, con el agua, con las semillas, con los ecosistemas, pero también con la memoria, con las culturas y con las formas de producir y cuidar la vida. Por eso, hay múltiples territorialidades o formas de leer, apropiar y vivir el territorio, que expresan distintas maneras de ser y estar en sus mundos.
La sistematización hace visible que estas territorialidades están marcadas por tensiones. Por un lado, existen dinámicas de despojo, acumulación y explotación que buscan reducir el territorio a un recurso para el saqueo. Por otro lado, las organizaciones construyen formas de defensa, cuidado y re-existencia que lo entienden como base para la vida. En ese cruce, el territorio se convierte en un espacio en disputa, pero también de creaciones.
Desde las prácticas de las organizaciones, el territorio se entiende como un lugar, unos lugares, donde se producen saberes y conocimientos. En la relación con los ecosistemas y en las prácticas culturales de su transformación, en los procesos de cuidados, en las formas de organización y en las experiencias educativas, emergen saberes que permiten sostener la vida y proyectar futuros posibles.
Este enfoque también implica reconocer los límites del territorio. Así como la naturaleza tiene sus propios equilibrios – desequilibrios o formas de resiliencia, las comunidades aprenden a relacionarse con ellos. La sistematización permite recuperar estas formas de conocimientos que reconocen la interdependencia entre los seres humanos y aquello de que disponen para hacer posible la vida, que suele llamarse su entorno.
En este sentido, el territorio puede entenderse como una relación viva entre ecosistemas y culturas, donde se construyen sentidos de vida, se sostienen resistencias y se crean alternativas. No es solo los lugares donde ocurren las prácticas, es también el espacio, el mundo de relaciones, donde éstas adquieren sentido e identidades.
Por ello, pensar el territorio desde la sistematización implica un giro en la forma de comprenderlo. Ya no se trata de delimitarlo únicamente en términos geográficos, sino de reconocerlo como un tejido de relaciones, memorias y saberes que se construyen colectivamente.
Así, el territorio se convierte en una clave fundamental para entender la sistematización misma: no hay práctica sin territorio, y no hay territorio sin las prácticas que le dan vida.
Lo que sigue
La sistematización, entendida como práctica viva, permite que las organizaciones no sólo reconstruyan lo que han hecho, sino que nombren lo que son y lo que están llegando a ser. En ese proceso, se abren nuevas formas de comprender la realidad y de situarse frente a ella, reconociendo que los saberes que emergen de la práctica y experiencia no son marginales, sino fundamentales para pensar caminos de transformación. Así, la sistematización se afirma como una apuesta que fortalece la vida interna de las organizaciones, amplía el diálogo entre conocimientos y contribuye a construir horizontes compartidos desde los territorios.
Este camino deja ver que las alternativas no son promesas lejanas, sino construcciones concretas que ya están en marcha. En las prácticas cotidianas, en las formas de cuidado, en las relaciones que dan vida a la naturaleza y en las dinámicas organizativas, se gestan respuestas que interpelan los modelos dominantes y abren otras posibilidades. Reconocerlas, comprenderlas y potenciarlas es el desafío que queda planteado, no como tarea futura, sino como compromiso presente para seguir caminando colectivamente hacia formas más justas y sustentables de habitar el mundo. Como decía nuestro Carlos Rodríguez Brandão,
“Veo que no se trata de estar atento y, con la misma atención con la que leemos los libros que nos llegan a cada momento de Europa, aprender a oír y a leer también lo que dicen y escriben las mujeres y los hombres pertenecientes a los muchos pueblos de nuestro continente. Aprender a oírlos y leerlos no como “seres del folklore” o como “autores de algo que sólo tiene sentido cuando es retraducido por mí”, pero como sabios, entre maestros y doctores que nos llegan de otra cultura. No una cultura vista como algo simple, rústico, primitivo, inculto, salvaje, popular, delante de las calidades de “nuestra cultura”. Culturas otras y, delante de las nuestras, sólo diferentes”[4]
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[1]María Camila Macías Amaya. Ecofeminista, educadora popular y directora de la Corporación Planeta Paz. Marcos Raúl Mejía. Educador popular y representante legal de la Corporación Planeta Paz. Carlos Salgado Araméndez, educador popular e investigador de la Corporación Planeta Paz.
[2] Se toma como texto referente: Planeta Paz (2024). A sistematizar se aprende sistematizando. Disponible en: https://bibliotecaplanetapaz.org/handle/bpp/103. Y se actualizan las conversaciones y debates.
[3] Planeta Paz (2024). Piloto de sistematización en seguridad ambiental territorial con énfasis en géneros. Disponible en: Piloto de sistematización en seguridad ambiental territorial con énfasis en géneros. Bogotá. Desde Abajo.
Planeta Paz (2025). La ética del cuidado: Un diálogo colectivo y diverso hacia la reivindicación amplia de los cuidados. Bogotá. Desde Abajo.
[4] Brandão, C. R. (2022). Ellos, nosotros, entre-nosotros. Nueve escritos breves sobre la experiencia de investigación como un encuentro entre personas. En M. R. Mejía (Ed.), Investigar desde el Sur: epistemologías, metodologías y pedagogías críticas. Bogotá: Desde Abajo.
