¿QUÉ TENSIONES EXISTEN CUANDO HABITAMOS OTROS TERRITORIOS COMO SUJETAS POLÍTICAS Y DESDE NUESTRAS IDENTIDADES? Conversamos con Serelem Lanza

Cuando llegué aquí a Alemania, muchas personas se acercaban con mucha curiosidad. Querían saber sobre Bolivia, sobre la Pachamama, querían que les hablara sobre los rituales de los pueblos indígenas. Incluso les llamaba la atención mi cabello, mi color de piel y mi manera de entender la salud o la naturaleza. En ese momento pensé que era admiración y seguramente, en parte, lo era. Pero cuando aprendí a dominar el idioma y empecé a expresar mis opiniones sobre la política, la sociedad y América Latina, comencé a notar algo distinto. Muchas veces, en las conversaciones que tenía con las personas, el diálogo se desviaba otra vez hacia lo espiritual, hacia lo exótico. Era como si dejara de ser una persona que podía opinar y tuviera que volver a ocupar el lugar de la chamana. Parecía que hablar de esos temas sí me correspondía, pero opinar sobre política ya no, como si eso no fuera lo que yo tenía que decir.

Esa experiencia me dejó un vacío profundo porque se repetía una y otra vez y, sinceramente, hasta me sentí perdida conmigo misma. Hace poco viví algo parecido, pero esta vez entre latinoamericanos aquí en Alemania. Veía que se compartían con orgullo los bailes bolivianos, se organizaban entradas folclóricas y se vestían los trajes con entusiasmo. Sin embargo, cuando intenté conversar sobre el origen de esas danzas, sobre su historia y el significado que tienen para muchos pueblos, descubrí que casi nadie lo conocía. Parecía que el folclore permanecía, pero muchas veces separado de la memoria. En esa ocasión alguien incluso me dijo: «Oye, tú sí que bailas como india». Ese comentario me dejó pensando. ¿Era un elogio? ¿Era un estereotipo? ¿Por qué seguimos asociando ciertas identidades únicamente con determinadas imágenes? También me hizo preguntarme si nosotros mismos convertimos nuestra identidad en un espectáculo sin preguntarnos de dónde viene.

Esa pregunta volvió con mucha fuerza cuando comencé a observar desde aquí lo que estaba ocurriendo recientemente en el país. Mientras unos reivindican el folclore y la riqueza cultural de Bolivia, en las calles reaparecen insultos como «indios de mierda», agresiones contra las mujeres de pollera y discursos que niegan a esos sectores que también representan a Bolivia. Mientras veía las noticias, las redes sociales y los comentarios, sentí una contradicción muy fuerte. Por un lado, celebramos el folclore boliviano, nos sentimos orgullosos de los tejidos que se exponen en el mundo, de las danzas, de las mujeres de pollera que hoy incluso hacen moda y de los pueblos originarios. Pero, al mismo tiempo, reaparecen insultos profundamente racistas dirigidos contra personas identificadas como indígenas o campesinas. Y cuando esos mismos pueblos hablan de política, reclaman sus derechos, cuestionan el poder o participan en las decisiones del país, muchas veces dejan de ser vistos como un patrimonio para convertirse en un problema. No digo que esto ocurra siempre ni en todos los espacios, pero creo que es una pregunta que merece ser pensada.

Nos gusta lo indígena cuando es danza, pero no cuando legisla. Nos gusta una mujer indígena con su vestimenta, pero no cuando ocupa espacios de decisión. Nos gusta la espiritualidad andina mientras permanezca separada de la economía y de la política. Consumimos culturas que adornan, que entretienen, que pueden exhibirse, sin querer escuchar a los pueblos que las sostienen. Muchas veces me parece que hasta convertimos a los pueblos en patrimonio antes de aceptarlos como interlocutores.

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