En la siguiente entrevista, Mario Candeias de la Fundación Rosa Luxemburgo (Alemania) conversa con Ulrich Brand y Markus Wissen, los autores del libro «Modo de vida imperial. Vida cotidiana y crisis ecológica del capitalismo» (Editorial Tinta Limón), Su nuevo libro “Capitalismo al Límite” fue recién publicado en inglés y va a ser publicado al final de este año en español y portugués. La entrevista se publicará el próximo junio en el número 2/2026 de la revista LuXemburg.
En el contexto de un autoritarismo global creciente y de las políticas de poder de hombres «fuertes» como Putin o Trump, se está produciendo una crisis de las instituciones multilaterales y del llamado orden basado en reglas. Esto afecta, entre otras cosas, a la ONU y a la política climática internacional que se desarrolla en su marco. ¿Cuáles creéis que son las causas de ello?
Markus Wissen: En primer lugar, hay que señalar que el orden basado en normas, tan invocado por el lado burgués, nunca ha sido democrático, igualitario ni adecuado para resolver los problemas. Se trata más bien de una manifestación institucional de la posición dominante que ocupan el Norte global y Occidente. Para muchas sociedades, sobre todo del Sur y del Este globales, el orden basado en reglas ha sido sinónimo de globalización neoliberal, y eso no pocas veces ha significado empobrecimiento, falta de perspectivas y destrucción ecológica, y en algunos casos también guerra.
Ulrich Brand: Yo incluso daría un paso atrás. El orden internacional instaurado tras la Segunda Guerra Mundial se organizó, en gran medida, también en función de poderosos intereses económicos y geopolíticos. Pensemos sobre todo en las organizaciones de política económica como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, a su vez dominadas por Estados Unidos. Al mismo tiempo, se abrían una y otra vez ciertos márgenes de maniobra para vías más independientes, sobre todo cuando a nivel internacional se producían alteraciones en el ámbito de la política de poder. Ante el enorme impulso de la descolonización a partir de la década de 1940 y, sobre todo, la de 1950, se hicieron algunas concesiones a los Estados poscoloniales. El punto culminante fue sin duda el debate y la iniciativa en torno a un Nuevo Orden Económico Mundial que tuvo lugar a principios de la década de 1970. Sin embargo, en aquel entonces se produjeron también muchas infracciones de las normas. Por un lado, la Unión Soviética consideraba a los Estados del llamado socialismo real de Europa del Este como «su» espacio, en el que también intervino militarmente, como en la República Democrática Alemana (RDA), en Hungría y en Checoslovaquia. Por otro lado, pensemos en los golpes de estado apoyados por EE.UU. contra gobiernos progresistas, como los de Irán (1953), Guatemala (1954) o Chile (1973).
Como ya ha mencionado Markus, desde la década de 1980 se fueron imponiendo políticas neoliberales también en muchos países del Norte global. En los debates críticos, a esto lo hemos denominado globalización neoliberal. El politólogo canadiense Stephen Gill destacó una dimensión de este amplio proceso como «constitucionalismo global» o «neoliberal». Es decir, que hubo intentos de establecer globalmente una especie de «orden basado en normas» de talante neoliberal dominado por el Norte: por ejemplo, con la fundación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) a mediados de la década de 1990. Y debemos recordar que también el proyecto de una Unión Europea (UE) neoliberal, fundamentado sobre el Tratado de Lisboa de 2007, se ha autoproclamado estar «basado en normas». Walden Bello, uno de los intelectuales más importantes de los movimientos globales, propuso como respuesta al constitucionalismo neoliberal la estrategia de la «desglobalización».
Markus Wissen: Se trata de un punto importante. Siempre ha habido críticas y resistencias. Fue el movimiento crítico con la globalización emergente a finales de la década de 1990 el que —inspirado en luchas del Sur global, tales como el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) el 1º de enero de 1994, en el sureste mexicano,— ha denunciado precisamente esto. A finales de la década de 2010, como reacción a la crisis financiera y económica, le siguió un nuevo ciclo de protestas a nivel global, con la Primavera Árabe, el movimiento Occupy y muchas otras. No obstante, desde la perspectiva de las clases dominantes, ninguno de estos movimientos de izquierda debía tener éxito. Allí donde estos se abrieron camino incluso hasta el nivel gubernamental, como la Coalición de la Izquierda Radical en Grecia (2015), fueron combatidos con todas sus fuerzas por los mandamases de los Estados dominantes empeñados en suprimir cualquier alternativa al neoliberalismo en su área de influencia.
Son los mismos círculos neoliberales dominantes los que han desacreditado el orden cuyo declive están lamentando hoy. Debido a sus nefastas consecuencias a nivel social, económico y ecológico, en muchos casos devastadores, pero también a causa de su propia ineficacia —véase la política climática internacional—, ese orden contaba con escaso respaldo en el interior de las sociedades y también a nivel internacional. Se basaba en la fuerza, no en el consenso. Esto también contribuye a explicar la facilidad con la que hoy en día lo pueden desmantelar déspotas como Trump o Putin sustituyéndolo por nuevas organizaciones sumisas, como la «Junta de Paz» de Trump, sin encontrar una resistencia significativa.
Entonces, el cambio decisivo radica no tanto en el retorno a la política de coerción, intervención y dominación directas y a la exacerbada competencia entre bloques imperialistas, sino en el hecho de que son los terrenos asimétricos donde se ha librado durante mucho tiempo la competencia capitalista internacional los que ya no funcionan y los que ya no son reconocidos y legitimados como tales. Los autócratas de los Estados poderosos ya ni siquiera consideran necesario referirse, al menos retóricamente, al multilateralismo y a sus instituciones. La salida de EE.UU. de diversas organizaciones de la ONU es la prueba más drástica de ello.
¿Tiene aún algún futuro la política climática internacional?
Markus Wissen: Sin duda, seguirá habiendo una política climática internacional en el futuro. Pero, a menos que una alianza de actores fuertes, como la UE y China, intente insuflar nueva vida a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, existe la posibilidad de que los Estados con mayores ambiciones en materia de política climática pasasen a perseguir su agenda de modernización ecológica selectiva del capitalismo al margen de las instituciones existentes. Paradójicamente, con ello, elegirían un sendero similar al de las autocracias con su estrategia de seguir debilitando el sistema de la ONU, solo que con un signo político inverso.
Ya se vislumbran desarrollos en este sentido. Así, en la COP 30, celebrada en Belém el pasado mes de noviembre, fracasaron una vez más todos los esfuerzos por llegar a un acuerdo sobre la eliminación gradual de las energías fósiles y por comprometerse a ello en la declaración final.
Pero lo más llamativo es que quienes defienden un orden basado en normas creen que solo pueden perseguir sus objetivos sustrayéndose precisamente de ese orden. Las instituciones del «ambientalismo de Río» —es decir, el conjunto de normas que los Estados acordaron en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo celebrada en Río de Janeiro en 1992— parecen incapaces de abordar las contradicciones ecológicas del siglo XXI. Incluso quienes todavía defienden aquellas instituciones y sus cometidos originales ponen en entredicho que éstas sean todavía los terrenos adecuados para la negociación y la resolución de conflictos.
Ulrich Brand: Totalmente de acuerdo con Markus. Solo un aspecto complementario: actualmente estamos viviendo una nueva ronda de privatización de la política internacional, que ya criticábamos desde los años noventa como parte del neoliberalismo. Aparte del Foro Económico Mundial de Davos, se perfila en este sentido la Conferencia de Seguridad de Múnich (MSC) la que ante los acontecimientos globales representa un ejemplo preocupante de esta tendencia. Está patrocinada por empresas privadas y en ella se reúnen políticos, corporaciones, pero también ONGs e incluso militares. Si la MSC se jacta de que representantes de más de 100 gobiernos participan en la reunión para hablar de desarrollos futuros en ámbitos relevantes, cabe preguntarse en voz alta: ¿por qué no se reúnen en el marco de la ONU?
Hace solo pocos años se hablaba del Pacto Verde Europeo y de la modernización ecológica en Alemania. ¿Queda algo de eso? Al parecer, se está pasando directamente del capitalismo verde al capitalismo verde oliva. ¿Cómo veis la relación?
Markus Wissen: Durante la crisis financiera y económica a partir de 2008, importantes actores societales, económicos y estatales actuaron en favor de un capitalismo verde: organizaciones internacionales como el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) presentaron conceptos para una «economía verde» o para un «crecimiento verde». En 2015 se aprobaron tanto el Acuerdo de París, un tratado internacional sobre el cambio climático jurídicamente vinculante, como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) como parte de la Agenda 2030 de la ONU. Desde la izquierda se intervino en estos procesos con propuestas para un New Deal verde, que se centraban más en los aspectos sociales y en cuestiones de poder y propiedad. Y el nuevo movimiento climático politizó los hallazgos cada vez más evidentes y preocupantes de la ciencia climática.
Ahora bien, destaca que en todo aquel abanico de propuestas progresistas —que inicialmente sí dejaron huellas dentro de las instituciones, entre ellas sobre todo el Pacto Verde Europeo (EGD) de 2019— apenas se abordaba la dimensión internacional, es decir, lo que Ulrich y yo (2021) hemos llamado el modo de vida y de producción imperial. Aquí nos referimos a la organización de la producción y del consumo en determinadas partes del mundo (Norte global), o de ciertos grupos societales dominantes, la cual presupone la disposición, tendencialmente ilimitada, sobre la naturaleza y la fuerza de trabajo a escala global, con las consecuencias nefastas de explotación humana exacerbada, destrucción de subsistencias, expolio de recursos y devastación de hábitats naturales. La modernización verde del capitalismo mantiene intacto este modo de vida imperial e incluso lo arraiga todavía más a nivel global. En un equipo de autorías, al que perteneció también Ulrich, se ha problematizado esto empleando conceptos como «extractivismo verde» o «colonialismo verde» (Lang et al. 2025).
Sin embargo, desde la pandemia del coronavirus, la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022, el discurso »Zeitenwende« (cambio de época) en pro del rearme, introducido inmediatamente después de la misma por Olaf Scholz, el Canciller alemán de entonces, y el auge de las fuerzas autoritarias de derecha, el Pacto Verde Europeo se encuentra en una situación precaria y es cada vez más impugnado. En muchos ámbitos, como en el de la eliminación de los motores de combustión y la transición a la movilidad eléctrica, se están produciendo retrocesos. El capitalismo verde no puede desplegarse, ya que las fuerzas que lo sustentan compiten con las facciones del capital fósil y el complejo militar-industrial, que ven su gran oportunidad ante los acontecimientos de la política mundial. Muchos indicios apuntan hacia un capitalismo verde oliva. Pero resulta muy probable que el potencial de crecimiento y acumulación de este último sea muy limitado.
En vuestro libro «Capitalismo al límite» habláis de «tensiones ecoimperiales». ¿A qué os referís con eso?
Ulrich Brand: Milan Babić, investigador de economía política de la Universidad de Ámsterdam, argumenta en su libro «Geoeconomía: Anatomía de un nuevo orden mundial» (2025) que el control de las infraestructuras, las cadenas de suministro y los flujos de inversión se están convirtiendo en una orientación central de las políticas estatales, para lo cual los gobiernos aplicarán, por ejemplo, una política industrial activa o introducirán controles a la exportación. Esto supone, en parte, una ruptura con el dogma neoliberal. El autor no niega las estrategias geopolíticas de los gobiernos de los Estados poderosos, pero sí hace hincapié en los procesos económicos, que, naturalmente, están estrechamente vinculados a aquellos de índole políticos-estatales.
Por nuestra parte, nos centramos más en la dimensión ecológica en su interrelación con las dinámicas políticas y económicas. Nuestro argumento es que el capitalismo se está volviendo más autoritario y más propenso a conflictos generando «tensiones ecoimperiales». ¿Por qué? Pues, en primer lugar, la crisis climática también ha llegado al Norte y provoca cada vez más inestabilidad y enormes costes; en segundo lugar, el acceso a las materias primas resulta cada vez más objeto de disputas; y, en tercer lugar, el mundo sufre una sobreproducción permanente con sus correspondiente problemas de comercialización, entre otras cosas porque las políticas de austeridad limitan las posibilidades de consumo de amplios sectores de la población. Todo ello genera tensiones latentes que, en determinadas circunstancias, se manifiestan como conflictos que pueden llegar incluso a la guerra.
Ulrich, en un equipo de investigación habéis publicado recientemente un interesante artículo en la revista Nature Climate Change en el que analizáis con más detalle los límites estructurales de lo que denomináis «Estado de descarbonización». ¿Qué se entiende por ello?
Ulrich Brand: Nuestra tesis es que, desde el Acuerdo de París de 2015, se gesta algo nuevo, sobre todo en los antiguos países industrializados, a saber, el proyecto de los «Estados de descarbonización». (Brand 2025) Este proyecto incluye dos objetivos fundamentales: en primer lugar, que los gobiernos se tomen en serio la crisis climática hasta el punto de intervenir más en la economía dirigiéndose directamente contra los intereses de las industrias de los combustibles fósiles y adoptando medidas que vayan más allá del aumento de la eficiencia tecnológica. Esto incluye la eliminación gradual de ciertas tecnologías fósiles, como el motor de combustión o la calefacción de gasóleo. En Alemania, otro ejemplo destacado sería la decisión de cerrar las centrales térmicas de carbón del país para 2038. El Estado también interviene con mayor intensidad en las condiciones de vida de las personas, como por ejemplo con Ley de Energía de la Construcción, coloquialmente conocida como »Ley de Calefacción«, donde se transmite a la población que por su cuenta —y en gran medida a su propio coste— debe cambiar de la calefacción de gasóleo o de gas a la calefacción urbana (la energía térmica producida en una central y distribuida por una red urbana) o a la cogeneración doméstica (la generación simultánea de energía eléctrica y energía térmica).
Se trata de intervenciones importantes desde el punto de vista de la política climática y todo ello constituiría un elemento relevante de la estrategia de descarbonización. Sin embargo, esta última fracasa por ignorar los principios fundamentales del Estado liberal-capitalista moderno que incluye, en particular, el imperativo de crecimiento y la primordial orientación hacia la competitividad internacional, lo que en Alemania va de la mano del modelo de exportación específico. Estos principios están estrechamente vinculados a la economía basada en los combustibles fósiles. En nuestro artículo argumentamos, basándonos en numerosos estudios que la promesa fundamental del Estado de Descarbonización, el desacoplamiento en términos absolutos, o sea, el «crecimiento verde», no funciona si entendemos con ello la idea de «desvincular las emisiones de GEI [gases de efecto invernadero] y el uso de recursos debido al crecimiento económico» y pretendiendo «resolver la crisis planetaria manteniendo los niveles de consumo de materiales». (Brand et al. 2025)
¿Qué significan estos desarrollos en su conjunto para las perspectivas de izquierda de una transformación socioecológica o de una política de clase ecológica? ¿Queda aún algo por hacer o debemos prepararnos para el colapso (al menos de subsistemas)?
Markus Wissen: El potencial de una «política de clase ecológica», es decir, de una política orientada en superar la contradicción histórica y también sistemática entre ecología y emancipación de las clases subalternas que ya hace nueve años Bernd Röttger y yo (2017) veíamos como el «desafío histórico para una política de clase socialista», está lejos de haberse agotado. Así lo demuestran campañas como la de la iniciativa ciudadana berlinesa «Expropiar a Deutsche Wohnen & Co.» que organizó el exitoso referéndum sobre la expropiación de grandes empresas inmobiliarias. Ciertamente no es una campaña genuinamente ecológica, pero su horizonte de lucha es la recuperación del control societal (Vergesellschaftung) como base de una economía socioecológica. Las implicaciones ecológicas de estas y otras iniciativas son evidentes y cada vez se hacen más explícitas: en la transición en el ámbito de la generación eléctrica térmica, en la rehabilitación energética de la vivienda de protección oficial o en el diseño adaptado al clima del entorno residencial en barrios desfavorecidos, la cuestión ecológica se hace visible como cuestión social y viceversa. Es aquí donde la protección y adaptación frente al cambio climático y la creación de una resiliencia solidaria van de la mano. Y, al mismo tiempo, es una herramienta eficaz para hacer frente al avance de la derecha. Porque, según la experiencia, allí donde las infraestructuras básicas funcionan y, en el mejor de los casos, son organizadas democráticamente por quienes dependen de ellas, la derecha autoritaria tiene pocas posibilidades.
Otro ámbito de la política de clase ecológica es el de la producción. Probablemente sea aquí donde hay que hacer el mayor esfuerzo, ya que es donde se plantean los dilemas más difíciles de superar. La industria automovilística debe reducirse si queremos controlar, aunque sea en parte, la crisis climática. Esto supondrá una pérdida de puestos de trabajo y, por lo tanto, no le va a gustar, por ejemplo, al sindicato alemán del sector metalúrgico IG Metall, cuyo poder de organización se basa en gran medida en la industria automovilística. Esto hace que las ofertas de la industria armamentística resulten tan tentadoras. Pero se trata de una visión miope, porque la producción de armamento nunca podrá compensar la pérdida de puestos de trabajo en la industria automovilística, por no hablar de los múltiples peligros que conlleva. Estudios de la Fundación Rosa Luxemburgo, entre otros, muestran que una ofensiva de inversión a favor de la movilidad sostenible podría crear más puestos de trabajo de los que se perderían por la contracción de la industria automovilística. A esto se suman las posibilidades de una reducción de la jornada laboral, así como la necesidad de mano de obra en el sector asistencial, en el sector sanitario y en la agricultura ecológica —ámbitos en los que, ante todo, también será fundamental crear buenas condiciones laborales. Se trata de un campo enorme, cuya abordaje por parte de la izquierda societal y política se encuentra aún en sus inicios.
Ulrich Brand: El filósofo e investigador social alemán Michael Brie (2025) argumenta que se necesita un tercer polo sociopolítico que sea plural en cuanto a los contenidos y las estrategias, pero que tenga unos contornos claros. Si este se fortalece, también el SPD y los Verdes podrían verse arrastrados hacia la izquierda —lo que, por supuesto, presupone luchas internas en esos partidos y en su entorno. Los debates actuales dentro del SPD sobre la futura fiscalidad de las herencias según la Ley Alemana de Impuesto de Sucesiones son, sin duda, notables. Sin embargo, desde el punto de vista de la política de gobierno, a medio plazo habría que preparar una coalición rojo-rojo-verde (Die Linke-SPD-Los Verdes). Esto es difícilmente concebible con un SPD en el que prepondera la línea del actual vicecanciller Lars Klingbeil. Por lo tanto, se necesitan reorientaciones fundamentales en ese partido.
Una cosa resulta sin duda clara: cualquier perspectiva de éxito a medio plazo de una política emancipadora requiere un debilitamiento significativo de la minoría acaudalada, del capital fósil, pero también de los mercados financieros —cuyos actores se frotan las manos ante la inmensa deuda pública contraída para financiar el rearme. Para ello se necesita una amplia concienciación y movilización social, también dentro de las organizaciones. Esto último lo intentamos plasmar con el concepto de «células transformadoras». En el séptimo capítulo de nuestro último libro «Capitalismo al límite» introducimos este término para identificar puntos iniciales concretos para que la acción emancipadora propulsada por los movimientos sociales se interiorice y se solidifique a nivel institucional. Se trata de individuos y pequeños grupos —dentro de partidos políticos y aparatos de Estado, asociaciones empresariales, sindicatos y organizaciones comprometidos con la defensa del medio ambiente, con los derechos humanos o con otras cuestiones relevantes— que se identifican con estas demandas societales social-ecológicamente progresistas iniciando y promoviendo cambios concretos en su entorno profesional. La fuerte resonancia que tiene este concepto —hasta ahora más bien una metáfora— en los eventos nos muestra que estamos dando en el clavo, a saber, que también hay que librar luchas dentro de los aparatos estatales, las empresas, los sindicatos, los medios de comunicación, las escuelas y las universidades. Porque las organizaciones no son homogéneas y es posible que en las contradicciones organizativas haya margen para la acción emancipadora.
Bibliografía:
Babić, Milan, 2026: Geoeconomía: Anatomía del nuevo orden mundial, Geoeconomía estratégica: 65 casos de estudio transformadores del orden mundial, Editorial ESIC, Pozuelo de Alarcón (Madrid).
Brand, Ulrich / Wissen, Markus (2021): Modo de vida imperial. Vida cotidiana y crisis ecológica del capitalismo, Buenos Aires/Madrid: Editorial Tinta Limón.
Brand, Ulrich; Hausknost, Daniel; Brad, Alina; Eyselein, Gabriel; Krams, Mathias; Maneka, Danyal; Pichler, Melanie; Schneider Etienne 2025: Structural Limitations of the Decarbonisation State. In: Nature Climate Change 15:927–934, DOI: 10.1038/s41558-025-02394-y.
Brie, Michael, 2025: Die Linke als sozialistische Klassenpartei, en: Suplemento de la revista Sozialismus, Número 11, https://programm.die-linke.de/fileadmin/1_Partei/programmprozess/Debattenbeitr%C3%A4ge/Sozialismus.de_Supplement_2025-11_Brie_LINKE.pdf
Lang, Miriam; Manahan, Mary Ann; Bringel, Breno, et al. (eds.), 2025: Colonialismo verde. Entre la transición energética y la justicia global, Múnich.
Röttger, Bernd; Wissen, Markus (2017): Ökologische Klassenpolitik [Política de clase ecológica], Revista Luxemburgo, Agosto, https://zeitschrift-luxemburg.de/artikel/oekologische-klassenpolitik/.
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Ulrich Brand es profesor de Política Internacional en la Universidad de Viena. Es miembro de la junta directiva de la Fundación Rosa Luxemburg (RLS) y del equipo editorial de la revista LuXemburg. Markus Wissen es profesor de Ciencias Sociales, especializado en procesos de transformación socioecológica, en la Universidad de Economía y Derecho de Berlín. Es miembro del Consejo Asesor Científico de la RLS y redactor de la revista alemana PROKLA. Sus libros «Modo de vida imperial» (2017, en castellano: 2021) y «Kapitalismus am Limit» (2024) surgieron de un intenso intercambio con la RLS. Mario Candeias es editor principal de la revista LuXemburg. Está a cargo del análisis y la estrategia en la Fundación Rosa Luxemburg y es asesor de larga data de la dirección del partido DIE LINKE. Anteriormente, durante más de una década, fue director del Instituto de Análisis Societal de la RLS.
