La Organización Mundial de la Salud (OMS) lleva años insistiendo en que la salud mental no puede generarse solamente desde el individuo. Las condiciones sociales, económicas, familiares y comunitarias forman parte de aquello que hace posible estar bien.
Por eso esta organización propone sistemas de atención más comunitarios, centrados en la persona, en sus derechos y en la recuperación, y esto dentro de una comunidad. Hasta parece evidente decirlo así, pero en la práctica seguimos preguntando muchas veces: “¿Qué le pasa?”, en lugar de preguntarnos: “¿Qué estará ocurriendo alrededor de esa persona?”.
Esto no significa negar la dimensión biológica de la salud mental, ni que todo trauma pueda explicarse por la sociedad, o que los medicamentos no sirvan. Más bien, todo lo contrario. Necesitamos tratamientos, investigación y atención accesible, pero también necesitamos ampliar la mirada como sociedad. Existe el peligro de caer en dos extremos: o medicalizamos todo y convertimos el sufrimiento en un problema exclusivamente individual, o lo normalizamos y le decimos a la persona que simplemente tiene que ser más fuerte. Caemos entre el diagnóstico o la culpa.
Y, en vez de estar preguntándonos “¿Qué le estará pasando?”, podríamos preguntarnos “¿Qué habrá vivido?”, “¿Qué necesita?”, “¿Si te puedo acompañar?” o intentar ver qué es lo que le está rodeando. Hay muchas posibilidades de mirar a esa persona e intentar sostenerla.
Desde mi perspectiva, aquí entra, por ejemplo, la cuestión de la descolonización. Descolonizar la salud mental no significa sustituir la ciencia occidental por una supuesta sabiduría ancestral perfecta; eso sería caricaturizar. Pero nuestras sociedades también tienen silencios heredados, violencias normalizadas, jerarquías familiares, machismos, formas de castigo y maneras de esconder el sufrimiento.
No tenemos que idealizar el pasado, pero tampoco aceptar que solamente existe una forma legítima de comprender la mente, el cuerpo o las enfermedades. La pregunta decolonial es mucho más incómoda: ¿quién tuvo históricamente el poder de nombrar lo que es una enfermedad? ¿Quién podía decir “así es normal comportarse” o “así es normal sentir”? Va más allá de quién puede hablar y quién debería callar, o de qué se considera superstición y qué se considera científico.
Podemos preguntarnos qué ocurre cuando una persona entra a un sistema de atención llevando un lenguaje, una memoria, quizás una espiritualidad, una historia familiar y una manera de entender el mundo que no aparece en un manual profesional. Entonces hay que mirar todo eso.
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