RECRIAR LAS ALTERNATIVAS POPULARES Y PLURICIVILIZATORIAS EN TIEMPOS DIFÍCILES Mario Rodríguez Ibáñez

Asistimos a una coyuntura de fuertes incertidumbres para los proyectos emancipadores en nuestra Abya Yala (América Latina y el Caribe) . La incertidumbre se hace más evidente por la conjunción de dos procesos interrelaciones y complementarios: la ofensiva imperialista recolonizadora del ultra liberalismo conservador, por un lado; el debilitamiento de los sentidos y las prácticas de transformación del campo popular plurinacional [1], por el otro.

Con procesos no siempre acompasados entre nuestros diversos países de la región, podemos afirmar que desde la década de 1980 principalmente , convergieron al menos cuatro crisis que sirvieron de fermento para el surgimiento de alternativas desde el campo popular, los progresismos y las izquierdas del continente: 1) Una crisis del modelo neoliberal en lo económico, especialmente expresado en los límites de generación de recursos  a través de las privatizaciones que recorrieron el continente y el mundo (por las privatizaciones se ingresaron recursos monetarios relativamente grandes, pero al no insertarse en procesos de producción sostenibles, sino en la especulación financiera y el traslado al beneficio de las élites económicas que optaron por trasladar los mismos fuera de la región, ese dinero fresco se diluyó rápidamente evidenciando una crisis económica en la región),  acompañado de la reprimarización  de nuestras economías y una expansión paulatina de un extractivismo radicalizado en  campos como la los hidrocarburos, los monocultivos de una agricultura extensiva exportadora y la minería (agravada por la llamada transición energética y la explotación de minerales y tierras críticas y raras). y el deterioro de la capacidad productiva autónoma de nuestros países. 2) Una crisis intensa del sistema político emergido en el siglo XX, en la mayoría de nuestros países, del sistema de partidos “tradicionales ”, es decir de los partidos que habían emergido en la post segunda guerra mundial y que incluso fueron parte de las alianzas con las dictaduras de las décadas de 1960 a 1980, y que perdieron legitimidad y representación; y un sentido común que hacia emerger otras formas de alternativas políticas que daban paso a los movimientos sociales como actores complementarios de lo político , por ejemplo el sugmiento del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil con base en el movimiento sindical, campesino e incluso de las Comunidades Eclesiales de Base, o el Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia con base en el sector campesino, productor de hoja de coca y sectores indígenas rurales, o incluso el Chavismo en Venezuela que emerge como movimiento de la gente más que como un partido político clásico. 3) Si bien el neoliberalismo tuvo éxitos en la reconfiguración de las subjetividades de la gente, como veremos luego, asistimos en estos años a una crisis profunda del estado colonial y monocultural, configurado en nuestros países como una , “desarrollados” o de la “civilización occidental moderna”. El sistema de dominación colonial, que estableció la noción de superior (lo externo) – inferior (lo propio), que se había normalizado en todas las dimensiones de vida, fue puesto en crisis mayoritariamente en la sociedad en gran parte por el surgimiento de los movimientos indígenas y campesinos del último cuarto del siglo pasado. Esto cuestionó la idea de destinos únicos y abrió la posibilidad de reconocer, imaginar y creer en otros mundos posibles, o mundos plurinacionales o pluricivilizatorios. Sin esta crisis del modo dominante civilizatorio durante cinco siglos, desde la invasión europea y la configuración del sistema mundo, no se podría explicar los triunfos electorales de candidaturas surgidas del mundo obrero o de pueblos indígenas o sectores populares como los de Hugo Chávez en Venezuela, Lula en Brasil o Evo Morales en Bolivia.  Esta crisis de la colonialidad se vio complementada, aunque en menor intensidad con una crisis del patriarcado en el sistema de dominación. 4) Una crisis múltiple e integral civilizatoria de lo que configuró los horizontes de sentido globalizados del sistema mundo hegemónico y dominante. La modernidad, el capitalismo, el industrialismo, la dominación de la naturaleza se pusieron en cuestionamiento, en mucho a partir de la múltiple crisis ecológica, el deterioro de la vida y la sostenibilidad de la naturaleza, así como de las formas de explotación de los propios seres humanos.

Estas múltiples crisis convergentes favorecieron ambientes para que emergieran alternativas diversas desde el campo popular complejo que se expresó en múltiples actores a través de movimientos sociales diversos y plurales, organizaciones en diferentes temáticas y escalas pero muy activas y con iniciativas, partidos de los progresismos y las izquierdas, renovados sindicatos y otras formas de actuación política como los pueblos indígenas o los feminismos, también aunque en menor medida, algunos ecologismos. A finales del siglo pasado y el inicio del presente, vivimos una suerte de décadas esperanzadoras  y de posibles transformaciones profundas. Las luchas por la desprivatización del agua ocurridas en Bolivia a inicios del 2000 o la defensa del agua en Tucumán en Argentina son hitos de múltiples luchas en todo el continente, las luchas contra la gran minería a cielo abierto como las de Cajamarca en Colombia o contra el proyecto Conga en Perú son casos emblemáticos de otras múltiples resistencias, la presencia vigorosa del movimiento indígena en Ecuador o en Bolivia, o las luchas masivas de las feministas en Argentina por el aborto seguro son algunos ejemplos que atravesaron en sus luchas a diversos sectores y organizaciones populares, a veces de manera complementaria al fortalecimiento de partidos progresistas o populares.

Los horizontes emancipadores se orientaron por al menos dos grandes narrativas y prácticas complementarias: 1) La democratización integral de nuestras sociedades, generando mayor inclusión y ampliación de derechos a sectores de la población que habían sido excluidas de los beneficios  en múltiples dimensiones de la vida en nuestros países: la economía, la representación política, la educación, la salud,  el cuidado, etc. Durante siglos de presencia colonial y de la creación de los estados republicanos, esos “beneficios” quedaron acaparados en pocas manos y familias, en las élites de nuestros países. El reclamo por la inclusión y el acceso a los “beneficios”de las mayorías excluidas y desfavorecidas fueron agenda siempre presente en los sectores populares.  La atención a estas demandas fueron la centrales para los gobiernos progresistas, es decir una política basada en la redistribución del excedente de la renta  de la exportación de materias primas. El aumento de las tasas de impuestos a las empresas privadas y trasnacionales, las políticas de nacionalización como en Bolivia y Venezuela, un mayor control del Estado sobre los recursos y las actividades privadas sirvieron para mejorar ese excedente en administración del Estado y su redistribución a sectores desfavorecidos de la población con mejoras salariales en casi todos los gobiernos progresistas y una política amplia de bonos compensatorios como en Brasil, Ecuador o Bolivia. 2) En menor medida en los gobiernos progresistas, pero más presentes en las organizaciones y movimientos sociales populares e indígenas durante los años iniciales de este complejo proceso de cambios, la existencia de horizontes de transformación y emancipación más profundos y radicales expresados en: i. el Vivir Bien/Buen Vivir como horizonte civilizatorio de otros modos de vida existentes y posibles que reestablezcan relaciones más equilibradas y recíprocas entre seres humanos y de éstos con el conjunto de vidas de lo que llamamos naturaleza; ii. la plurinacionalidad –expresión de lo pluricivilizatorio-  como la estrategia de reorganización de las convivencias en el conjunto de los ámbitos de la vida y de la sociedad, así como de su materialidad en las instituciones; iii. la descolonización y la despatriarcalización como estrategias de desmontaje de las dominaciones y exclusiones existentes desde hace siglos y de apertura a otras significaciones, conocimientos y saberes, subjetividades y relacionalidades. 

Lo que brotaba en esos tiempos de ebullición de cambios posibles , era la presencia de nuestra ancestralidad puesta en el presente como posibilidad contemporánea de transformaciones esperanzadoras y dignificantes. Era una suerte de afirmación de un sujeto colectivo que cargado de historia y sabiduría era capaz de ofrecer horizontes de cambio en el mundo contemporáneo. Esto se manifestó claramente en las nuevas constituciones de Ecuador y Bolivia reconociendo la plurinacionalidad de sus sociedades, los saberes indígenas en los programas educativos o de salud, el reconocimiento de los sistemas de justicia propios y de representación política por usos y costumbres, etc. Pero también en otros progresismos, con menos presencia indígena en la configuración del sujeto político, como en Brasil, Colombia, Chile o México esa ancestralidad, que también incluye las raíces africanas presentes desde la vergonzosa esclavitud colonial, apertura otras posibilidades políticas muy creativas que permearon desde políticas de Estado hasta experiencias concretas de otras economías, formas de organización y vocería, maneras de gestionar el espacio público como calles o plazas, gestión de los bienes comunes como el agua o las semillas en múltiples pequeñas organizaciones y comunidades en todo el continente. Las alternativas emergían vigorosas en múltiples dimensiones y escalas de la vida.

¿Qué nos pasó para que hoy asistamos a la fragilización profunda de estas alternativas? ¿Para qué quedemos devastados por la ofensiva imperialista recolonizadora del ultra liberalismo conservador? ¿Para que veamos como grandes contingentes de los sectores populares se incorporan a las bases sociales de los partidos y gobiernos de derechas extremas, y que acepten su sacrificio como parte de una narrativa del éxito/fracaso como normal y aplaudan a sus verdugos?  ¿Para que los Bukele, Milei, Noboa o Bolsonaro tengan éxitos electores con apoyo popular movilizado? ¿Para que tengamos fascismos renovados del siglo XXI aceptados como parte de la “cultura” y la política, en esa especie de pedagogía de la crueldad del sistema dominante? ¿Para que las violencias se normalicen y retrocedamos décadas –o siglos- en materia de derechos? ¿Para que la mayoría de nuestros gobiernos hayan optado por el vasallaje ante Donald Trump como estrategia central para sostenerse en el cargo y tener posibilidades de gobernabilidad? ¿Para que veamos cómo algunos de los pocos progresismos que quedan optan por el autoritarismo y profundizan la oferta de saqueo de nuestras riquezas también como su estrategia central para sostenerse en el poder de la gestión estatal, aunque mantengan discursos antiimperialistas, o terminan pactando con los poderes económicos transnacionales y las potencias de gobiernos de derechas como mecanismos de sobrevivencia?

No trataremos de explicar todos estos procesos para comprender cómo estamos en este periodo de incertidumbres y de fragilización de las alternativas emancipadoras, pero compartiremos algunos aprendizajes que nos dejaron estas décadas de esperanzas y cambios, con sus límites y contradicciones, para seguir creyendo y criando alternativas populares y pluricivilizatorias en tiempos difíciles.

Los progresismos en los gobiernos, en muchos casos en alianzas con organizaciones populares e indígenas, no tuvieron la capacidad ni la voluntad suficiente para arriesgar con transformaciones más profundas en sus sistemas de economía y generación de riqueza, así como en la gestión misma de la vida con otros horizontes de vida y modos de convivir. Asumieron que lo “seguro” era sostener el modelo base extractivo que ampliase y mejorase la redistribución del excedente de la exportación de materias primas, generando la ampliación de derechos y el acceso a beneficios con esos recursos, lo que posibilitaría ir generando mayores transformaciones de manera gradual. Sin embargo, eso alargó las formas de dominación y el lugar de nuestros países en el sistema mundo desde hace más de cinco siglos, con sus variantes temporales, y les obligo a pactar cada vez más con los poderes económicos y políticos que gobiernan el mundo. Los terminó subordinando a los mismos.

Los progresismos en los gobiernos  desconfiaron de la gente , como casi siempre ocurre desde los poderes concentrados y centralizados, de la potencia de la movilización de los pueblos, de la capacidad de las múltiples y diversas actorías políticas de los movimientos, organizaciones y tejidos comunitarios, e incentivaron la prebenda, el tutelaje, la distribución del beneficio del poder  lo que subordino al sujeto diverso de la trasformación,  a la centralidad de los partidos y, peor aún, a la burocracia en la gestión de gobierno. Los sujetos populares y plurinacionales, tan importantes en las propias victorias electorales de los progresismos, perdieron su autonomía y en muchos casos se subordinaron a las luchas por las migajas del propio poder.

Si bien se tuvo la capacidad de gestionar el aparato del Estado y los gobiernos, en muchos casos con éxitos importantes por más de una o dos décadas, como en ninguna época en que las izquierdas consiguieron largos periodos de estabilidad económica y política  (recordemos como gobiernos progresistas como los de Allende en Chile en la década de 1970 o del Sandinismo en Nicaragua en la década de 1980 no lograron estabilidad y duraron una década o menos), no se logró profundizar estrategias de gestión del poder que descentralice el mismo, lo erosione en sus formas concentradas y centralizadas, lo disemine en el tejido comunitario y social, de manera que la dinámica de la vida esté por encima del ejercicio del poder. Y el poder, hoy en nuestro continente, no puede desligarse del aparato amalgamado entre corporaciones económicas transnacionales, poderes políticos y militares y crecientes sistemas mafiarizados y delincuenciales. Ya no se trata de alianzas entre diversos sectores del poder, es una amalgama centralizada y concentrada que actúa en diversos espacios como si se tratará de rubros de negocios de una misma empresa. Esas formas del poder corrompieron y penetraron a muchos sectores del ejercicio de gobierno de los progresismos, las izquierdas y las organizaciones populares.

Los movimientos y organizaciones populares, diversos y enriquecedoramente múltiples, perdimos la iniciativa que da la autonomía de las mismas, fragilizaron sus agendas propias y la subsumieron en la agenda de los gobiernos progresistas. Así se debilitó la capacidad transformadora de la sociedad desde la comunidad. Aprendimos que , sino que es la comunidad y la sociedad movilizada la que hace posible las emancipaciones y que su dinámica vigorosa es la que hace que los gobiernos y los Estados cambien y se transformen . Que su actitud vigilante es la que permite ponerle límites al poder e impulsa formas de circulación y redistribución permanente del mismo, lo que regula de mejor manera la convivencia en contra de los abusos .

Estos algunos duros aprendizajes para comprender a lo que estamos asistiendo hoy en día. Pero todavía podemos recriar esperanzas, porque no somos las mismas personas que a fínales del siglo pasado. Han ocurrido muchas cosas buenas, s que tal vez nos pueden ayudar a enfrentar esta poli crisis que devasta la vida en todas sus dimensiones. Para ello necesitamos reencontrarnos entre todos y todas, todas esas formas de organizaciones y actoría política que alimentaron las esperanzas, experiencias y posibilidades de transformaciones emancipadoras profundas, todas, sin ser ya la mismas, pero cargando nuestras historias y lo que fuimos, como decía el gran Gamaliel Churata: “si estamos es porque hemos estado”.

 

Tarija, Bolivia. Marzo 2026

[1] Lo plurinacional hace referencia al reconocimiento de la existencia de diversas culturas que portan unos propios horizontes civilizatorios en todas las dimensiones de la vida: economía, política, organización social, estética, justicia, relaciones con la naturaleza, tecnologías, etc. En Constituciones como la boliviana, esa diversidad cultural es reconocida como diversas naciones que conforman un mismo Estado, por eso se denomina plurinacional o pluralidad de naciones. En general esos pueblos o culturas son constitutivas de sectores que podemos denominar populares, lo que hace que el sujeto popular sea el mismo tiempo plurinacional o pluricivilizatorio en un sentido más amplio.